
Nueve científicos y militares vinculados a la NASA, el Pentágono y laboratorios nucleares han muerto o desaparecido entre julio de 2024 y febrero de 2026. Investigadores del JPL, físicos del MIT especializados en fusión nuclear, ex comandantes del Air Force Research Laboratory, empleados del Laboratorio Nacional de Los Álamos. Todos con acceso a tecnología crítica. Todos sin una explicación pública satisfactoria.
No es un foro de conspiraciones. Lo están discutiendo miembros del Congreso de los Estados Unidos. Lo ha señalado el ex subdirector del FBI. Y la respuesta oficial, hasta hoy, sigue siendo la misma: silencio.
¿Tragedia y coincidencia? ¿Guerra tecnológica en la sombra? ¿Una operación de decapitación técnica diseñada para no dejar huella? El Pentágono no habla. La NASA tampoco. Pero según fuentes anónimas del propio aparato de seguridad, ya hay cuarenta científicos más bajo vigilancia reforzada.
Eso no lo hacen cuando la amenaza no existe.
Contenidos:
CIENTÍFICOS DE LA NASA Y EL PENTÁGONO: MUERTES SIN EXPLICACIÓN | 07×35
Científicos de la NASA y el Pentágono: Muertes Sin Explicación
Hay una lista que circula por internet desde hace décadas. Una lista que, dependiendo de quién la lea, es o bien la prueba más contundente de una conspiración de Estado o bien una colección de tragedias que el cerebro humano, incapaz de aceptar el caos, ha convertido en patrón. La lista tiene nombres. Tiene fechas. Y tiene causas de muerte que van desde lo trágico hasta lo directamente inverosímil.
Son científicos. Ingenieros. Investigadores vinculados a la NASA, al Pentágono, a contratistas de defensa. Gente que trabajaba en proyectos clasificados, en tecnología de propulsión, en sistemas de armamento, en física aplicada a cosas que el público general no debería conocer. Y muchos de ellos murieron jóvenes, en circunstancias extrañas, en rachas que resultan estadísticamente incómodas de ignorar.
El Patrón que Nadie Quiere Ver
Todo empieza, como suele ocurrir, con una coincidencia. Luego viene otra. Y otra. Y en algún punto dejas de llamarlo coincidencia y empiezas a hacerte preguntas.
Entre los años 80 y 90, un número llamativo de científicos británicos vinculados al programa SDI —la famosa «Guerra de las Galaxias» de Reagan— murieron en circunstancias que las autoridades clasificaron rápidamente como suicidios o accidentes. Ahorcamientos. Caídas. Electrocuciones domésticas. El tipo de muertes que uno no esperaría de personas que pasaban sus días resolviendo ecuaciones de física cuántica pero que, al parecer, no eran capaces de gestionar los aspectos básicos de su propia seguridad cotidiana.
En Estados Unidos, el fenómeno tiene su propia mitología. Nombres vinculados a contratos de la NASA o del Departamento de Defensa que desaparecen del mapa de maneras que no terminan de cuadrar. El bioquímico encontrado en el maletero de su propio coche. El experto en microbiología que murió en un accidente de tráfico tres días antes de testificar. El físico que, según los informes, se suicidó con un arma que nunca apareció.
Lo Que Saben los Muertos
El problema de investigar estas muertes es que chocan contra un muro doble: la clasificación de los proyectos en los que trabajaban estas personas y la tendencia institucional a cerrar casos cuanto antes. Cuando alguien muere en el contexto de un programa clasificado, la investigación tiene un techo muy bajo. Y ese techo conveniente ha generado décadas de preguntas sin respuesta.
¿Sabían demasiado? ¿Amenazaban con hablar? ¿Eran simplemente víctimas del estrés brutal que genera trabajar en los niveles más altos de la investigación militar? No lo sabemos. Y esa es, precisamente, la respuesta más aterradora que existe.
El Problema de las Listas
Aquí es donde hay que ser honesto: no todas las muertes de estas listas son sospechosas cuando se analizan individualmente. Algunas tienen explicaciones perfectamente mundanas que el relato conspirativo omite estratégicamente. Pero el patrón agregado, la concentración de muertes violentas o inexplicadas en un sector profesional concreto durante períodos específicos, sigue siendo una anomalía que merece algo más que un encogimiento de hombros.
Porque hay dos opciones: o el universo tiene una alergia particular a los científicos que trabajan para gobiernos con secretos que guardar, o alguien, en algún momento, tomó decisiones que nunca van a aparecer en ningún informe oficial.
Y eso, amigos, es lo que hace que esta historia no te deje dormir.
Temas extraídos del programa de esta semana:
El pasillo secreto de la Gran Pirámide
Descubren un pasillo oculto de 9 metros en la Gran Pirámide de Keops. Te contamos qué encontraron, cómo lo hicieron y qué puede haber más adentro.
4.500 años siendo el edificio más famoso del mundo… y todavía guardando secretos.
En 2023 confirmaron un pasillo oculto en la Gran Pirámide de Keops que nadie había pisado desde que los constructores lo sellaron. Nueve metros de corredor escondido justo detrás de la entrada principal, por donde han pasado millones de turistas sin sospechar nada.
Y eso no es lo más gordo: encima de la Gran Galería flota un vacío del tamaño de un Boeing 767. Sin explorar. Sin explicación.
En noviembre de 2025, Zahi Hawass anunció que hay una cavidad nueva con lo que parece una puerta sellada. Y que la gran revelación llega en 2026.
Estamos en 2026.
El pasillo secreto de la Gran Pirámide: lo que llevan 4.500 años escondiendo
Durante milenios, la Gran Pirámide de Guiza ha sido el objeto más estudiado, medido, fotografiado y debatido de la historia de la humanidad. Y aun así, en 2023, nos soltó una sorpresa que nadie esperaba: hay un pasillo oculto justo detrás de la entrada principal que llevaba ahí desde antes de que existiera Roma, Grecia, y probablemente tu apellido.
El descubrimiento llegó gracias al proyecto ScanPyramids, una iniciativa internacional que lleva años mirando el interior de estas estructuras sin mover una sola piedra, usando tecnología de muografía de rayos cósmicos, radar y termografía infrarroja. Básicamente: rayos cósmicos que atraviesan la pirámide como si fuera mantequilla y revelan lo que hay dentro según cómo rebotan. Ciencia de la buena.
El corredor mide aproximadamente 9 metros de largo por 2 de ancho, tiene forma de V invertida —igual que la cámara del rey— y está situado justo encima de la entrada norte original de la pirámide, a unos cuatro metros de profundidad bajo la superficie. No es enorme. No lleva a una cámara llena de oro ni al trono de Keops. Pero su existencia plantea preguntas que a los arqueólogos se les están acumulando en la mesa.
¿Para qué sirve ese espacio? Las hipótesis van desde que fue diseñado para redistribuir el peso de la estructura sobre la entrada —una solución de ingeniería— hasta que podría ser una antecámara que lleva a algún lugar todavía sin descubrir. Porque sí, eso es lo más perturbador del asunto: los investigadores creen que el corredor podría conectar con otras cavidades aún no identificadas en el interior de la pirámide.
Y aquí es donde la cabeza da vueltas.
Si llevamos siglos convencidos de que sabemos más o menos cómo está construida la Gran Pirámide, y de repente aparece un pasillo de nueve metros que nadie había visto, la pregunta inevitable es: ¿cuántas cosas más hay ahí dentro que no hemos encontrado? En 2017, el mismo proyecto ScanPyramids ya había detectado una gran anomalía en el interior —una especie de cámara o corredor de más de 30 metros— que tampoco tiene explicación clara hasta hoy.
Los constructores del antiguo Egipto no tomaban decisiones por capricho. Cada ángulo, cada pasaje, cada bloque de piedra de 2,5 toneladas estaba ahí por algún motivo. Si hay un corredor escondido, es porque alguien, hace 4.500 años, decidió que tenía que estar ahí. Y esa persona no dejó manual de instrucciones.
Lo que convierte este descubrimiento en algo especialmente fascinante no es solo lo que revela, sino lo que sugiere: que la pirámide más famosa del mundo todavía guarda secretos. Que después de siglos de excavaciones, expediciones y teorías —algunas más cuerdas que otras—, el edificio más antiguo de las Siete Maravillas del Mundo sigue, en cierta medida, riéndose de nosotros.
Y con razón.
Los Cantores de Amón
Los Cantores de Amón: los pergaminos que sobrevivieron 3.000 años en una vasija.
En 2026, arqueólogos encontraron en Luxor ocho papiros sellados de hace 3.000 años junto a 22 ataúdes de Cantores de Amón. Te contamos todo sobre uno de los hallazgos arqueológicos más impactantes del año.
Los Cantores de Amón: música, poder y misterio en el Antiguo Egipto
En el Antiguo Egipto, los dioses no vivían en silencio. Tenían templos, tenían sacerdotes, tenían ofrendas diarias de comida y perfume, y tenían —esto es lo que poca gente sabe— su propia banda sonora. Porque Amón, el dios de los dioses durante el Imperio Nuevo, necesitaba ser entretenido. Y para eso existían los Cantores de Amón.
No estamos hablando de un coro de aficionados que se reunía los domingos. Los Cantores de Amón —y sobre todo las Cantoras de Amón— eran una institución religiosa de primer orden en el Egipto del segundo milenio antes de Cristo. Mujeres de alta cuna, en muchos casos esposas o hijas de sacerdotes y funcionarios importantes, que ofrecían su voz al dios como forma de culto. Cantar para Amón no era un pasatiempo: era un honor, una posición social y, en algunos casos, una fuente de poder real.
El cargo más elevado de esta jerarquía era el de Divina Adoratriz de Amón, una figura que llegó a acumular tanto poder político y económico en la región de Tebas que en ciertos períodos rivalizaba con el propio faraón. Pero por debajo de ese vértice había toda una pirámide de cantoras, músicas y chantres que mantenían vivo el ritual sonoro del templo de Karnak día tras día, año tras año, siglo tras siglo.
¿Qué cantaban exactamente? Himnos, principalmente. Composiciones dedicadas a la gloria de Amón que combinaban voz, sistros —esos instrumentos de percusión con forma de aro metálico que suenan como un susurro de lluvia— y otros instrumentos de cuerda y viento. La música en el Antiguo Egipto no era entretenimiento: era tecnología ritual. El sonido correcto, ejecutado de la manera correcta, mantenía el orden del universo. Si los Cantores de Amón dejaban de cantar, en cierto sentido, el mundo dejaba de funcionar.
Lo que le da al tema una dimensión todavía más fascinante es un descubrimiento arqueológico relativamente reciente. En 2022, una misión egipcia en Luxor —la antigua Tebas— desenterró una necrópolis con al menos treinta ataúdes intactos que llevaban sellados más de tres mil años. Varios de ellos pertenecían a Cantoras de Amón. Los sarcófagos estaban pintados con colores todavía vivos, con inscripciones que identificaban a sus ocupantes por nombre y por cargo. Mujeres reales, con nombre propio, que habían dedicado su vida a mantener el cosmos en orden a golpe de voz.
Hay algo profundamente humano en eso. En la idea de que una civilización entera consideraba que el universo necesitaba música para no derrumbarse. Que había personas cuyo trabajo, reconocido y respetado, era cantar cada día en honor a lo más grande que podían imaginar.
En el fondo, llevan tres mil años enterradas, pero de alguna manera su función —llenar de significado el silencio— sigue siendo exactamente la misma que la de cualquiera que hoy coge un micrófono.
La Llanura de las Jarras
La Llanura de las Jarras: miles de vasijas gigantes de piedra sin explicación.
En el corazón de Laos hay un altiplano sembrado de miles de vasijas de piedra de hasta 3 metros de altura y varias toneladas de peso. Llevan ahí desde la Edad del Hierro. Nadie sabe exactamente para qué sirven.
¿Urnas funerarias? ¿Cisternas de agua? ¿Tinajas de vino de arroz para celebrar una victoria épica de gigantes? La leyenda local apuesta por la tercera opción, y sinceramente tiene más gracia que las otras dos.
La Llanura de las Jarras es Patrimonio de la Humanidad desde 2019. Tiene más de 2.100 vasijas documentadas en 90 emplazamientos. Y después de casi un siglo de excavaciones, todavía no sabemos quién las hizo ni por qué desaparecieron.
Algunos misterios no tienen solución. Solo tienen vasijas.
La Llanura de las Jarras: el altiplano que nadie sabe explicar
Hay lugares en el mundo que, cuando los ves por primera vez, tu cerebro tarda unos segundos en procesar lo que está mirando. La Llanura de las Jarras es uno de ellos. Imagina un altiplano remoto en el corazón de Laos, hierba alta, viento, silencio. Y de repente, el suelo se llena de vasijas de piedra colosales. Miles de ellas. Algunas de hasta tres metros de altura y varias toneladas de peso. Dispersas por colinas y valles como si alguien las hubiera sembrado ahí hace dos mil años y luego se hubiera ido sin dejar nota.
Porque eso es exactamente lo que pasó.
La Llanura de las Jarras —Thong Hai Hin en laosiano— se extiende por la provincia de Xieng Khouang, en el centro-norte de Laos, a más de 1.200 metros de altitud. Hay más de 2.100 vasijas documentadas en noventa emplazamientos distintos. Están talladas en arenisca, granito, caliza y conglomerado, extraídos de canteras que en algunos casos están a diez kilómetros de distancia. Alguien las cortó, las talló con precisión y las transportó sin ruedas, sin grúas y sin ningún tipo de tecnología que nosotros reconoceríamos como tal. Y lo hizo a escala industrial.
¿Para qué? Ahí está el problema. Nadie lo sabe con certeza.
La hipótesis más aceptada es la funeraria. La arqueóloga francesa Madeleine Colani, que investigó el sitio entre 1931 y 1935 —una mujer haciendo arqueología de campo en Asia en los años treinta, dato que merece su propio episodio—, encontró dentro de las vasijas huesos humanos calcinados, cenizas, herramientas de hierro y cuentas de vidrio. Su conclusión: las jarras servían para entierros secundarios. Metías el cadáver, esperabas a que se descompusiera o lo cremabas parcialmente, luego recogías los huesos y los depositabas en una sepultura definitiva. La tinaja era, básicamente, el paso intermedio entre la muerte y el más allá.
Pero hay más teorías. Cisternas para recoger agua de los monzones. Almacenes de grano para caravanas comerciales. Marcadores de territorios y rutas de intercambio. Y luego está la versión local, que es la más honesta de todas: un rey guerrero llamado Khun Cheung derrotó a un tirano en batalla épica y ordenó fabricar miles de vasijas para fermentar lao lao —licor de arroz— y celebrarlo con sus ejércitos de gigantes. Las más grandes, para los nobles. La mayor de todas, para el rey.
Arqueológicamente discutible. Narrativamente impecable.
Lo que hace al sitio todavía más perturbador es lo que vino después. Durante la Guerra de Vietnam, Laos fue el país más bombardeado de la historia: más de dos millones de toneladas de explosivos. Un tercio nunca detonó. Hoy, el yacimiento arqueológico más misterioso del Sudeste Asiático comparte terreno con munición sin explotar de los años setenta. Los senderos tienen carteles rojos. Hay cráteres de diez metros entre las vasijas.
La civilización que las construyó desapareció hacia el año 500 después de Cristo sin dejar escritura, sin dejar nombre, sin dejar nada más que piedra. Noventa años después de que Colani empezara a excavar, seguimos sin saber quiénes eran.
Algunas preguntas no tienen respuesta. Solo tienen tres metros de piedra y un silencio que dura milenios.
Nada más que perder – Capítulo 14 – Audiolibro en Español – Voz real
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