
10 ideas robadas. El podcast “No soy original” explora diez ejemplos de ideas que fueron robadas y popularizadas como originales, incluyendo el iPhone, Instagram Stories, y la música de Led Zeppelin. Destaca que la originalidad no es crear algo completamente nuevo, sino mejorar y adaptar ideas existentes. Concluye que copiar bien es un talento valioso y que la originalidad absoluta es un mito.
Contenidos:
10 IDEAS ROBADAS | 07×15
La historia de la humanidad está escrita con tinta robada. Nada es completamente original; todo gran avance, toda obra maestra, es un remix descarado de lo que vino antes. Aquí van 10 ideas robadas, diez ideas que alguien “tomó prestadas” y convirtió en leyenda.
- Facebook no inventó las redes sociales. Mark Zuckerberg copió la idea básica de plataformas como SixDegrees (1997) y Friendster (2002), y especialmente de HarvardConnection (luego ConnectU), cuyo concepto le fue presentado por los hermanos Winklevoss. La diferencia: ejecutó mejor y más rápido.
- Los Beatles robaron a Chuck Berry, Little Richard y a medio blues del Delta. “Come Together” es casi un plagio descarado de “You Can’t Catch Me” de Berry (John Lennon tuvo que pagar derechos y grabar otras tres canciones de Berry para compensar).
- Apple no creó la interfaz gráfica ni el ratón. Los tomó prestados de Xerox PARC en 1979. Steve Jobs vio el Alto, dijo “esto es el futuro”, pagó un millón de dólares en acciones para que le dejaran “inspirarse” y lanzó el Macintosh en 1984.
- Cristóbal Colón no descubrió América. Los vikingos llegaron quinientos años antes (L’Anse aux Meadows, Terranova), y los propios indígenas llevaban allí 15 000 años. Colón simplemente tuvo mejor marketing póstumo.
- La bombilla no la inventó Edison. Humphrey Davy la mostró en 1802, y hubo al menos 22 inventores previos de bombillas incandescentes. Edison compró patentes, las mejoró y, sobre todo, creó el primer sistema comercial viable de distribución eléctrica.
- Google no inventó el motor de búsqueda. Archie (1990), Altavista y Yahoo ya existían. Larry Page y Sergey Brin simplemente aplicaron mejor matemáticas (PageRank) y no copiaron, pero sí se inspiraron profundamente en sistemas académicos anteriores como CiteSeer.
- Star Wars es un robo a partes iguales de Flash Gordon, Akira Kurosawa (La fortaleza escondida), Dune de Frank Herbert y los westerns de John Ford. George Lucas nunca lo negó: “Quería hacer un serial de los años treinta pero con presupuesto”.
- El iPhone no inventó el smartphone. IBM Simon (1994) ya tenía pantalla táctil y correo. Lo que hizo Apple fue juntar mil ideas “robadas” (multitouch del trabajo de la Universidad de Delaware, diseño minimalista de Dieter Rams en Braun, interfaz de dedo en lugar de stylus) y pulirlas hasta el delirio.
- La teoría de la evolución no fue solo de Darwin. Alfred Russel Wallace llegó exactamente a la misma conclusión al mismo tiempo y le mandó el manuscrito. Darwin llevaba veinte años dándole vueltas y, asustado, publicó corriendo.
- Windows copió descaradamente la interfaz del Macintosh, que a su vez copiaba a Xerox. Bill Gates le dijo a Jobs: “Nosotros teníamos un vecino rico llamado Xerox y, cuando fui a robarles la tele, descubrí que tú ya la habías robado tú”.
Moraleja: el genio no consiste en inventar de la nada. El genio consiste en robar tan bien, 10 ideas robadas, que nadie se acuerde del original, o en mejorar tanto la idea robada que el original parezca un borrador torpe. Como dijo Picasso (que también copiaba como loco): “Los malos artistas copian. Los grandes artistas roban”.
Y si alguien te acusa de plagio, sonríe y responde con la frase de T.S. Eliot: “Los poetas inmaduros imitan; los poetas maduros roban; los malos poetas desfiguran lo que toman, y los buenos poet lo convierten en algo mejor”.
Así que roba. Roba mucho. Pero hazlo con estilo. 10 ideas robadas.
Temas extraídos del programa de esta semana:
Avatar, Pocahontas y FernGully: La misma película contada tres veces.
Avatar, Pocahontas y FernGully son prácticamente la misma película, siguiendo la “Plantilla del Colonizador Arrepentido”. Todas comparten una estructura similar: un humano llega a un lugar mágico, se enamora de una nativa, cambia de bando y lidera una batalla contra sus antiguos compañeros. James Cameron, consciente de esto, creó una obra maestra de reciclaje con efectos revolucionarios.
Avatar, Pocahontas y FernGully: la misma película contada tres veces
En 1992 llegó a los cines FernGully: Las aventuras de Zak y Crysta, una modesta película de animación ecológica australiana-estadounidense que casi nadie recuerda hoy. Dieciséis años después, en 2008, Disney estrenó Pocahontas, su versión “histórica” y romántica del mismo relato. Y en 2009 James Cameron lanzó Avatar, la película más taquillera de la historia (sin contar inflación), que volvió a repetir exactamente la misma estructura. Tres películas separadas por décadas, presupuestos y tecnologías distintas… y, sin embargo, son la misma historia contada una y otra vez.
El esquema es idéntico y se resume en cinco puntos que se repiten con obsesiva precisión:
- Un joven hombre blanco (o de apariencia blanca) perteneciente a una civilización tecnológica e industrial llega a un territorio virgen habitado por una cultura indígena en armonía con la naturaleza.
- Ese hombre es inicialmente parte de la fuerza invasora que pretende explotar los recursos del lugar (madera en FernGully, oro en Pocahontas, unobtainium en Avatar).
- Conoce a una mujer nativa fuerte, espiritual y profundamente conectada con su ecosistema (Crysta, Pocahontas, Neytiri).
- Ella le enseña a “ver” de verdad el mundo, a escuchar a los árboles, los espíritus o el Eywa/Árbol de las Almas. Él pasa por una experiencia mística que lo hace cambiar de bando.
- Finalmente, el protagonista traiciona a los suyos, lidera o ayuda a los nativos a expulsar a los colonizadores y se queda (o desea quedarse) con la mujer y la cultura que al principio venía a destruir.
Incluso los detalles secundarios se repiten: el villano militarista y codicioso (Hexxus/Timbercorp en FernGully, Ratcliffe en Pocahontas, Quaritch en Avatar), el amigo del protagonista que muere como víctima colateral (Budgie en FernGully, Thomas en Pocahontas, Trudy en Avatar), la escena del salto al vacío confiando en la naturaleza (Crysta enseña a Zak a volar, Pocahontas salta desde la cascada, Neytiri lleva a Jake en el ikran).
La diferencia más visible es el envoltorio. FernGully lo cuenta como fábula infantil con canciones pegajosas y un demonio de contaminación hecho de petróleo. Pocahontas lo disfraza de drama histórico romántico y edulcora la colonización real hasta convertirla en un malentendido cultural. Avatar lo convierte en espectáculo 3D de 2.000 millones de dólares, cambia las flechas por ametralladoras y los colonos del siglo XVII por marines espaciales del siglo XXII.
¿Por qué funciona siempre la misma historia? Porque apela al complejo de salvador blanco (white savior narrative) combinado con la fantasía ecológica de occidente: el hombre moderno, alienado y destructor, encuentra redención al “volverse nativo”. Es una catarsis cómoda: podemos seguir consumiendo mientras soñamos con ser los buenos que salvan a los indígenas de… nosotros mismos.
FernGully lo hacía con ingenuidad infantil. Pocahontas con corrección política noventera. Avatar con cinismo multimillonario: Cameron sabía perfectamente que estaba reciclando Pocahontas (él mismo lo admitió en entrevistas) y aun así lo vendió como revolución cinematográfica.
Tres décadas, tres versiones, una sola película. Y probablemente volverá a aparecer en veinticinco años más, con realidad virtual o con IA, porque mientras Occidente siga sintiendo culpa ecológica y nostalgia por un paraíso que nunca conoció, siempre habrá público dispuesto a pagar por ver al hombre blanco redimido por una princesa nativa de ojos grandes y piel azul/animada/historizada.
Al final, la verdadera selva que no logramos salvar es la de la originalidad.
Todos los hits de reggaetón samplean la misma canción cubana de 1930.
El reggaetón moderno se basa en un loop de guitarra de “El Yerberito Moderno” de Ñico Saquito (1930), que viajó de Cuba a Panamá y Jamaica, evolucionando en el dembow. Artistas como Daddy Yankee, Wisin & Yandel y Rosalía utilizan este loop en sus éxitos. Aunque el reggaetón no es original en su base, su evolución y producción lo hacen único.
Todos los hits de reggaetón samplean la misma canción cubana de 1930
En los últimos años ha circulado una broma (o casi mito urbano) en redes sociales: “Todo el reggaetón moderno samplea la misma canción cubana de los años 30”. La frase se repite con sorna, acompañada de montajes que colocan “Guantanamera” o “El manicero” bajo beats de Bad Bunny, Karol G o J Balvin. Aunque exagera hasta el absurdo, la broma contiene una verdad incómoda: gran parte del reggaetón actual sí comparte un ancestro común muy concreto, y ese ancestro es cubano y efectivamente de los años 30. El nombre de la canción: “El cuarto de Tula” (o más exactamente, el ritmo que lleva dentro).
Grabada en 1931 por el Sexteto Habanero y popularizada después por el Septeto Nacional de Ignacio Piñeiro, la pieza original se titula “Échale candela” (aunque todo el mundo la conoce como “El cuarto de Tula le cogen fuego”). Lo importante no es la letra, sino el patrón rítmico de la parte cantada: tum-tss-tum-tss-tá, con el tumbao del tres cubano y la campana del bongó marcando el tiempo. Ese patrón es, ni más ni menos, el antecedente directo del “dembow”.
En 1989, el productor jamaicano Bobby “Digital” Dixon creó el riddim “Dembow” para la canción “Dem Bow” de Shabba Ranks. El loop que usó no era inventado de cero: tomó directamente el tumbao y la campana de “Échale candela / El cuarto de Tula”. En Jamaica ya se conocía la versión del Buena Vista Social Club que Ibrahim Ferrer grabó en los 90, pero el sample original venía de las grabaciones cubanas de los 30 que circulaban en vinilo entre sound systems.
De ahí el salto es rápido: el riddim Dembow llega a Puerto Rico a principios de los 90 de la mano de DJ Playero y DJ Nelson. En 1992, Playero 37 (el primer mixtape underground de reggaetón) ya usa variaciones de ese mismo loop. De Playero pasa a Ivy Queen, Daddy Yankee, Don Chezina y, con el tiempo, a toda la industria. El “boom-ch-boom-chick” que escuchas en “Gasolina” (2004), “Rakata” (2005), “Dákiti” (2020) o “Titi me preguntó” (2022) es, en última instancia, una versión procesada, acelerada y filtrada del mismo patrón que tocaba el Sexteto Habanero en 1931.
No es que literalmente sampleen la grabación de 1931 (salvo casos puntuales como “Papi Chulo” de Lorna en 2003, que sí mete el sample limpio). Lo que ocurre es más profundo: el reggaetón adoptó el riddim Dembow como esqueleto armónico-rítmico, y ese riddim nunca dejó de ser “El cuarto de Tula” con otra ropa. Productores como Tainy, Subelo NEO o Sky Rompiendo siguen trabajando sobre la misma cuadratura de 4/4 con acento en el 4+ y contratiempo de campana que inventaron los soneros cubanos hace casi un siglo.
Por eso la broma duele: es hiperbólica, pero no falsa. Cuando escuchas “Despacito”, “Con calma” o “QLona” y sientes ese golpe inevitable que te hace mover la cintura, estás bailando son cubano de 1931 filtrado por Kingston y San Juan. El reggaetón no samplea “la misma canción” en sentido literal, pero sí baila sobre el mismo hueso rítmico que Cuba regaló al Caribe hace casi cien años. Y mientras siga funcionando, nadie parece tener prisa por cambiarlo.
Por qué todos los influencers de productividad venden exactamente el mismo sistema (y funciona)
Los gurús de productividad venden sistemas de productividad similares, basados en conceptos de Dale Carnegie, Stephen Covey y David Allen, con diferentes nombres y estética. Aunque no son originales, estos sistemas funcionan porque son simples, repetibles y dan una sensación de control. El verdadero negocio es la transformación emocional que ofrecen, no la información en sí.
Por qué todos los influencers de productividad venden exactamente el mismo sistema (y funciona)
Si llevas más de cinco minutos en YouTube, TikTok o Instagram buscando “cómo ser más productivo”, ya lo has visto: todos parecen vender el mismo curso, el mismo planner o el mismo “método revolucionario”. Time-blocking, la regla 80/20, hábitos atómicos, deep work, el sistema de Eisenhower, Pomodoro, Notion con 47 plantillas… Da igual el influencer: Ali Abdaal, Thomas Frank, Tiago Forte, Matt D’Avella o el último gurú de 22 años que se hizo viral. Al final, el núcleo es idéntico.
Y la pregunta es obvia: ¿por qué todos venden lo mismo disfrazado de diferente?
La respuesta es más sencilla (y menos cínica) de lo que parece: porque ese sistema es literalmente lo único que funciona a gran escala.
El sistema real (sin nombres de marca)
Desglosémoslo sin adornos:
- Clarifica qué quieres conseguir (pocos objetivos claros, no 47).
- Prioriza sin piedad (haz primero lo que mueve la aguja; el resto es ruido).
- Bloquea tiempo exclusivo para lo importante (sin distracciones).
- Trabaja en ráfagas cortas con descansos (porque el cerebro humano no aguanta más de 90-120 minutos seguidos de foco intenso).
- Haz revisiones periódicas (semanal o mensual) para ajustar.
- Construye hábitos pequeños y consistentes en lugar de depender de motivación.
Eso es todo. El resto es estética: si le pones música lo-fi y una plantilla morada se llama “Para Method”, si le añades círculos y flechas es “Second Brain”, si lo cuentas con voz en off susurrante es “Deep Work”. Pero la estructura es la misma desde que Francesco Cirillo inventó Pomodoro en los 80 y desde que Ivy Lee le cobró 25.000 dólares (de 1918) a Charles Schwab por enseñarle prácticamente lo mismo.
¿Por qué funciona siempre?
Porque no está diseñado para genios, está diseñado para seres humanos normales con fuerza de voluntad limitada y un teléfono que vibra cada 11 segundos. El sistema no requiere que seas más disciplinado que la media; requiere que elimines las decisiones que agotan tu disciplina. Eso es todo.
- Al tener solo 2-3 objetivos claros → reduces la parálisis por análisis.
- Al priorizar una sola tarea → evitas el multitasking (que reduce tu IQ temporal hasta 15 puntos, según estudios de la APA).
- Al bloquear tiempo → proteges tu atención, el recurso más escaso del siglo XXI.
- Al trabajar 25-50-90 minutos → respetas los ritmos ultradianos naturales del cerebro.
- Al revisar semanalmente → corriges rumbo antes de que pasen meses.
Es aburrido, poco sexy y 100% efectivo. Por eso nadie puede vender algo radicalmente distinto y seguir teniendo resultados reales que mostrar.
¿Y entonces por qué cada influencer crea su “método propio”?
Porque no puedes vender “lee estos tres libros de los años 50 y aplícalos”. Nadie paga 197 dólares al mes por eso. Necesitas un nombre pegajoso, un branding bonito, testimonios, una comunidad y, sobre todo, la ilusión de novedad. El cliente quiere sentir que está comprando la versión 2.0 secreta que los demás no conocen, aunque en el fondo sea la 1.0 con otro filtro de Instagram.
Es el mismo motivo por el que todas las dietas efectivas se reducen a “come menos de lo que gastas” pero se venden como keto, paleo, intermitente o “la dieta de la luna llena”. El principio es universal; el empaque es lo que se monetiza.
Conclusión
Los influencers de productividad no son estafadores (al menos no todos). La mayoría descubrieron algo que les cambió la vida, lo empaquetaron de forma atractiva y ahora viven de enseñarlo. Que todos vendan “lo mismo” no es conspiración: es prueba de que, por primera vez en la historia, hemos identificado el sistema operativo básico de la productividad humana.
Tú no necesitas el curso de 997 dólares. Necesitas aceptar que no existe un hack mágico, solo un conjunto aburrido de principios que funcionan desde antes de que existiera internet.
Y paradójicamente, aceptar esa verdad tan poco sexy es el verdadero atajo.
Sobre tu Cadáver – Capítulo 19 – Audiolibro en Español – Voz real
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