
El ignorante funcional, ese individuo que desde la barra del bar es como un maestro liendre, que de todo sabe, pero de nada entiende. Antes de las redes sociales cada pueblo tenía un tonto y también un ignorante funcional. Ahora, las redes sociales han permitido averiguar que hay más de un tonto en cada pueblo y que están también llenas de ese personaje denominado ignorante funcional.
Podríamos decir que un ignorante funcional es alguien que vota a un partido corrupto; pero va mucho más allá. Porque el ignorante funcional se atreve incluso a postular con palabras que aplica mal, con una paradoja de la inefabilidad terrible. Así que vamos en esta entrada a describir exactamente algunos de los términos más usados para que dejemos de usarlos mal.
Contenidos:
IGNORANTE FUNCIONAL | 06×49
El ignorante funcional: el nuevo rostro de la desinformación
En una sociedad que presume estar más informada que nunca, paradójicamente, asistimos a la proliferación de una figura inquietante: el ignorante funcional. Este no es el analfabeto tradicional, incapaz de leer o escribir. Tampoco es el inculto absoluto que vive aislado del conocimiento. Es, por el contrario, una persona que ha recibido educación formal, que consume información a diario, pero que no logra, no quiere o no sabe procesarla de forma crítica y reflexiva. En resumen, es alguien que sabe leer, pero no comprende lo que lee; que escucha, pero no analiza; que opina, pero sin cuestionarse el origen de sus ideas.
Este fenómeno no es nuevo, pero se ha potenciado con la era digital y las redes sociales. La sobreabundancia de datos, la fragmentación de la información y el consumo compulsivo de contenidos rápidos y superficiales han creado un caldo de cultivo ideal para que el ignorante funcional florezca. Es capaz de repetir titulares sin haber leído el artículo, de compartir memes como si fueran argumentos, y de asumir posturas firmes basadas en emociones, intuiciones o dogmas, en lugar de hechos contrastados.
A menudo, el ignorante funcional no es consciente de su condición. Es más, puede sentirse especialmente orgulloso de su “sentido común” y desconfiar de quienes utilizan el pensamiento complejo o cuestionan sus certezas. Este tipo de ignorancia no es pasiva, sino activa y militante: defiende con pasión lo que cree saber, rechaza la duda como debilidad, y desprecia al experto o al que disiente como si fueran amenazas para su identidad. Por eso, resulta tan difícil entablar un diálogo racional con él: no se trata de falta de información, sino de una incapacidad –o una negativa voluntaria– para pensar críticamente.
El ignorante funcional es, en el fondo, un producto del sistema. Se le ha educado para aprobar exámenes, no para comprender el mundo. Se le ha enseñado a repetir, no a cuestionar. En muchos casos, su ignorancia es cultivada por medios, políticos o influencers que encuentran en esta figura un público fácilmente manipulable, dispuesto a consumir consignas simples en vez de argumentos complejos.
Pero sería un error considerar al ignorante funcional como un “otro” ajeno y distante. Todos, en mayor o menor medida, somos susceptibles de caer en esa trampa. Nadie está completamente a salvo de la comodidad de los sesgos, la pereza mental o la atracción de las certezas absolutas. El desafío, entonces, no es tanto señalar al ignorante funcional como enemigo externo, sino reconocer cuán funcional puede volverse nuestra propia ignorancia cuando dejamos de cuestionar lo que creemos saber.
En una época en la que la información se ha democratizado, el verdadero acto revolucionario es el pensamiento crítico. Y en esa lucha, el ignorante funcional no es solo un síntoma: es también el obstáculo que debemos superar para aspirar a una sociedad verdaderamente libre y consciente.
Temas extraídos del podcast de esta semana:
Deseo y felicidad
¿Qué relación hay entre deseo y felicidad? Nos pasamos la vida deseando cosas, que nos suceda algo; y cuando tenemos lo deseado, a los pocos minutos, horas o días, descubrimos que no nos ha hecho más felices. Aún así, seguimos persiguiendo lo que deseamos creyendo que el siguiente deseo si nos dará felicidad. Y no nos ocurre sólo cuando deseamos el último modelo de móvil, coche, moto o el amor con alguien inventado que nunca será; sino con todo. ¿Por qué eso que deseamos tanto no nos da felicidad?
Por qué el deseo no nos da felicidad
Vivimos en una era en la que el deseo es promovido como motor de vida. Desde la publicidad hasta el crecimiento personal, se nos incita constantemente a desear: más cosas, más experiencias, más éxito, más reconocimiento. Pero en medio de esta carrera incesante por conseguir lo que anhelamos, surge una contradicción inquietante: el deseo no nos da felicidad. O al menos, no una felicidad duradera.
El deseo, por definición, implica una carencia. Se desea lo que no se tiene. Y mientras ese objeto del deseo permanece fuera de nuestro alcance, se genera una tensión, una ansiedad. Se idealiza el futuro como el único espacio posible para la realización. “Seré feliz cuando consiga ese trabajo, cuando me compre esa casa, cuando esa persona me ame, cuando tenga ese cuerpo, cuando me reconozcan.” Pero cuando el deseo se cumple, el goce es efímero. Apenas se logra el objetivo, aparece otro nuevo, y la insatisfacción regresa. Es un círculo vicioso que confunde plenitud con expectativa, y satisfacción con posesión.
La trampa del deseo radica en que no es saciable. Su naturaleza es expansiva, interminable. Esto ya lo advertía el budismo hace siglos: el deseo es una de las causas principales del sufrimiento humano. Mientras la mente esté enfocada en lo que le falta, será incapaz de disfrutar lo que tiene. La comparación constante con lo que otros poseen, o con lo que imaginamos que deberíamos tener, alimenta una sensación permanente de insatisfacción.
Además, el deseo suele estar contaminado por lo externo. Muchos de nuestros anhelos no nacen realmente de nosotros, sino de lo que la sociedad nos ha hecho creer que debemos desear. Deseamos ser exitosos según criterios ajenos, tener objetos porque otros los valoran, o alcanzar metas que ni siquiera hemos cuestionado. Este fenómeno, que René Girard denominó deseo mimético, explica cómo copiamos los deseos de los demás, convirtiendo la competencia y la frustración en estados crónicos de la vida moderna.
Por otro lado, confundir deseo con felicidad es también confundir placer con bienestar. El placer es momentáneo, inmediato, muchas veces superficial. La felicidad, en cambio, es más estable, más profunda. Requiere sentido, conexión, aceptación. Y en este punto, muchos sabios, desde los estoicos hasta los místicos, han coincidido: la verdadera felicidad no está en desear más, sino en desear menos, en encontrar paz en lo que es, no en lo que podría ser.
Esto no implica renunciar a todo anhelo ni volverse apático. Significa aprender a desear con consciencia, reconociendo que ningún objeto externo puede llenar un vacío interno. La felicidad no nace de poseer lo que queremos, sino de querer lo que ya tenemos. No es la meta lo que da plenitud, sino la forma en que transitamos el camino.
En definitiva, el deseo nos empuja a avanzar, pero también nos encadena si no sabemos liberarnos de su tiranía. Solo cuando comprendemos sus límites, podemos comenzar a experimentar una forma de felicidad que no dependa de tener, sino de ser.
Feliz cumpleaños
Muy probablemente celebras tu cumpleaños y el evento común a todos ellos es el de la tarta con velas que, tras pensar en silencio algún deseo, soplas para apagarlas. Pero esta celebración no siempre ha sido así y tiene su origen, el cual vamos a desvelar. Puede que te sorprenda.
Soplar las velas: la historia detrás de una costumbre de cumpleaños
La escena es universal: un pastel decorado, velas encendidas, un grupo de personas cantando una canción festiva y, al final, un soplo que apaga las llamas, seguido de aplausos y deseos. Pero, ¿de dónde viene esta tradición aparentemente simple? ¿Qué historia y simbolismo se esconden detrás del gesto de soplar velas en un cumpleaños?
La costumbre tiene orígenes antiguos, con raíces tanto en prácticas religiosas como supersticiosas. Aunque su forma actual es claramente moderna y occidental, el rito de encender velas como parte de celebraciones tiene antecedentes en las civilizaciones griega y romana. En la Antigua Grecia, por ejemplo, los ciudadanos rendían culto a Artemisa, diosa de la luna y de la caza. En sus festivales, se ofrecían tortas redondas (símbolo lunar) adornadas con velas encendidas, como forma de recrear el brillo celestial. Se creía que el humo de las velas llevaba las oraciones y deseos hasta los dioses. Es decir, soplar las velas no era un acto festivo, sino un gesto cargado de significado espiritual y simbólico.
En Roma, las celebraciones de cumpleaños eran comunes entre las clases altas, y ya incluían banquetes y obsequios. Aunque no hay evidencia directa del uso de velas sobre pasteles en esos festejos, sí se ha documentado el uso de fuegos y luces en rituales protectores, en los que el fuego tenía un papel de defensa contra los malos espíritus. La idea de que la llama protegía al homenajeado del mal se fue integrando lentamente al imaginario colectivo.
Durante la Edad Media, la tradición del cumpleaños se mantuvo, aunque en contextos más religiosos o aristocráticos. En Alemania, alrededor del siglo XVIII, encontramos el antecedente más cercano al pastel de cumpleaños moderno con velas. La tradición llamada “Kinderfest” consistía en celebrar el cumpleaños de los niños con una tarta decorada con tantas velas como años cumplía el menor, más una adicional “para la buena suerte”. Estas velas ardían todo el día, y solo al final se permitía que el niño soplara sobre ellas mientras formulaba un deseo en silencio, el cual, si no se decía en voz alta, tenía más posibilidades de cumplirse.
Con el tiempo, esta práctica se difundió por Europa y, posteriormente, por América. En el siglo XX, gracias a la expansión de la cultura popular, el marketing de pastelerías y la industria de las fiestas infantiles, el gesto de soplar las velas se convirtió en un ritual casi obligatorio en cualquier cumpleaños, sin importar la edad.
Hoy, soplar velas es un acto festivo, pero también un ritual cargado de esperanza, nostalgia e ilusión. En ese instante en que las luces se apagan y los presentes esperan en silencio que se cumpla el deseo, se combinan siglos de historia, símbolos antiguos y creencias compartidas. Aunque muchas veces lo hacemos sin pensar, ese simple soplo conecta con la ancestral idea de pedir algo al universo, de desear un año mejor, y de celebrar que aún estamos aquí para contarlo.
El final de las llamadas de Spam
El spam es cualquier comunicación no solicitada que se envía de forma masiva a muchas personas a la vez. Aunque el correo electrónico es la forma más común, también puede ocurrir a través de mensajes instantáneos, redes sociales o incluso llamadas telefónicas. Apple, en su futuro sistema operativo iOS 26 para iPhone, va a protegernos de esas llamadas no deseadas que recibimos casi a diario. Al menos hasta que los que las emiten, se inventen otra forma.
Las llamadas de spam: una plaga moderna de la comunicación
En la era de la hiperconectividad, donde el teléfono móvil se ha convertido en una extensión de nuestro cuerpo, las llamadas de spam han surgido como una de las molestias más persistentes y odiadas por los usuarios. Interrumpen reuniones, despiertan del sueño, generan ansiedad y desconfianza, y lo que es peor: muchas veces esconden fraudes sofisticados que afectan la seguridad y la economía de millones de personas en todo el mundo.
Estas llamadas no deseadas son realizadas por sistemas automáticos o por centros de llamadas que, bajo pretextos de encuestas, ofertas comerciales, sorteos o incluso alarmas falsas de seguridad bancaria, buscan obtener información personal o inducir a realizar pagos indebidos. Aunque algunas pueden proceder de empresas legítimas, muchas otras están orquestadas por redes criminales que utilizan técnicas cada vez más perfeccionadas.
El crecimiento del spam telefónico ha sido exponencial. Según estudios internacionales, en países como España, México o Estados Unidos, cada persona puede recibir entre 5 y 20 llamadas de este tipo al mes. En muchas ocasiones, los números son camuflados o suplantados para parecer locales, con el fin de aumentar la probabilidad de que el receptor atienda. Esta técnica, conocida como spoofing, confunde incluso a los sistemas de bloqueo automático, dificultando su detección.
Más allá de la molestia puntual, el impacto de estas llamadas puede ser profundo. Personas mayores o con menos familiaridad con la tecnología son blanco frecuente de estafas telefónicas. Desde supuestas alertas de seguridad bancaria que llevan a vaciar cuentas, hasta falsos servicios técnicos que solicitan control remoto de un ordenador, los delincuentes explotan la confianza o el miedo para lograr su objetivo.
Ante este panorama, las respuestas han sido diversas. Muchas operadoras han implementado sistemas de identificación de llamadas sospechosas, marcándolas como “spam probable”. También existen aplicaciones de terceros que ayudan a bloquear números registrados como molestos o fraudulentos. No obstante, la verdadera solución requiere una combinación de tecnología, legislación y educación.
En el plano legal, algunos países han endurecido sus leyes de protección de datos y han establecido listas negras, como la famosa Lista Robinson, donde los usuarios pueden inscribirse para evitar recibir publicidad no deseada. Sin embargo, estas herramientas no son infalibles y muchas veces no alcanzan a frenar las llamadas procedentes del extranjero o de entidades que operan al margen de la ley.
Por ello, la educación del usuario es crucial. Desconfiar de números desconocidos, no proporcionar datos personales por teléfono, colgar ante cualquier intento de presión o manipulación emocional, y reportar los números sospechosos a las autoridades o a plataformas colaborativas son hábitos que todos deberíamos adoptar.
En resumen, las llamadas de spam son el síntoma de una era en la que la tecnología puede ser tanto un canal de comunicación legítima como una herramienta de abuso. Combatirlas exige una ciudadanía alerta, una regulación efectiva y una colaboración constante entre usuarios, empresas y gobiernos. Porque lo que está en juego no es solo nuestra paciencia, sino también nuestra privacidad y seguridad.
Sobre tu Cadáver – Capítulo 1 – Audiolibro en Español – Voz real
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