Cuatro crímenes reales. Cuatro asesinos que nunca pagaron. Cuatro historias de crímenes sin el final que merecen.
Nueva Orleans, 1918. Un asesino entra por las noches, mata a hachazos a familias italianas mientras duermen y desaparece sin dejar rastro. Un día le escribe una carta al periódico: «El martes a medianoche visitaré la ciudad. Quien tenga jazz sonando en casa, vivirá. Quien no, morirá.» Nueva Orleans tocó música entera hasta el amanecer. No murió nadie esa noche. No hubo crímenes. El Axeman nunca fue identificado.
Texarkana, 1946. Durante diez semanas, un hombre enmascarado al que los periódicos llamaron «El Fantasma» ataca a parejas en lugares apartados. Ocho víctimas. Cinco muertos. La ciudad deja de salir de noche. Las armerías se vacían. El FBI interviene sin resultado. Las Moonlight Murders de Texarkana siguen sin resolverse casi ochenta años después.
Noruega, 1970. En un valle remoto de Bergen aparece un cuerpo carbonizado. Las etiquetas de la ropa, cortadas. Las huellas dactilares, borradas. En su hotel: pelucas, seis pasaportes falsos y un diario en código que nadie ha descifrado. Hablaba al menos seis idiomas. Nadie la reclamó. Nadie la identificó. La llamaron la Mujer de Isdal. Su nombre real sigue sin saberse.
Y el caso más perturbador de los cuatro. Pedro Alonso López confesó haber asesinado a más de trescientas niñas en Colombia, Ecuador y Perú. Llevó a la policía hasta cincuenta y tres cadáveres. Condena máxima en Ecuador: dieciséis años. Salió en 1998 por buena conducta. Un psiquiatra lo declaró cuerdo. Lo pusieron en libertad. Desde entonces, nadie sabe dónde está. Interpol tiene una orden de arresto activa. Puede estar en cualquier lugar.
Cuatro crímenes. Cuatro asesinos. Ningún castigo.
Nueva Orleans, 1918. Un asesino entra por las noches, derriba el panel trasero de las puertas, coge el hacha que encuentra en la cocina y mata a quienes duermen. No roba nada. No deja rastro. No tiene nombre. Durante meses, la ciudad más rara de América vive con el miedo instalado en los huesos.
Y entonces, un día, el asesino le escribe una carta al periódico.
Dice que es un demonio del inframundo. Dice que esa noche visitará la ciudad. Dice que matará en cualquier casa donde no suene jazz a medianoche. Y dice la fecha: el martes 19 de marzo de 1919.
Nueva Orleans no lo piensa dos veces. Todos los salones de baile abren. Las familias sacan fonógrafos a las ventanas. Los que no tienen fonógrafo silban. Los compositores locales escriben canciones en cuestión de días. La ciudad entera toca música hasta el amanecer para no morir.
Esa noche no muere nadie.
El Axeman nunca fue identificado. El caso sigue abierto. Y la pregunta que nadie ha podido responder en más de cien años sigue ahí, exactamente donde la dejó: ¿quién era el hombre que le pidió jazz a una ciudad a cambio de no matarla?
Contenidos:
El Axeman de Nueva Orleans: el asesino que le pidió jazz a una ciudad a cambio de no matarla 07×39
Nueva Orleans, 1918. Un asesino entra por las noches, derriba el panel trasero de las puertas, coge el hacha que encuentra en la cocina y mata a quienes duermen. No roba nada. No deja rastro. No tiene nombre.
Sus víctimas son siempre familias italianas de los barrios pobres de la ciudad. Joseph y Catherine Maggio, muertos en su cama encima de su tienda de comestibles. Louis Besumer y Harriet Lowe, atacados mientras dormían. El barbero Joseph Romano, al que sus sobrinas vieron escapar por la ventana convertido en una silueta enorme y oscura. Uno tras otro, a lo largo de meses, sin que la policía tenga nada. Sin un sospechoso claro. Sin un motivo evidente. Sin ningún hilo del que tirar.
Y entonces, el 13 de marzo de 1919, el Times-Picayune de Nueva Orleans publica una carta.
La firma el Axeman. Dice que es un demonio del inframundo, semejante al ángel que aterró a los egipcios. Dice que le gusta el jazz. Y dice esto: el próximo martes a medianoche visitará la ciudad. Morirá quien no tenga jazz sonando en su casa. Vivirá quien lo tenga.
La fecha es el 19 de marzo. El Día de San José.
Nueva Orleans no lo piensa dos veces. Todos los salones de baile abren y se llenan. Las familias que no tienen piano sacan fonógrafos a las ventanas. Los compositores locales escriben canciones en días: «The Mysterious Axeman’s Jazz» se vende por miles. La ciudad entera toca música hasta el amanecer porque un asesino sin cara se lo ha pedido y porque, entre la incredulidad y el pánico, nadie quiere ser el que no tocó.
Esa noche no muere nadie.
Los ataques continúan durante meses después de la noche del jazz. Steve Boca, Sarah Laumann, el comerciante Mike Pepitone: el Axeman sigue actuando con la misma mecánica de siempre. Hasta que en octubre de 1919, tras el asesinato de Pepitone, desaparece. Sin aviso. Sin explicación. Sin dejar nada más que silencio.
Hay un epílogo. En diciembre de 1920, en Los Ángeles, la viuda de Pepitone dispara y mata en plena calle a un hombre llamado Joseph Mumfre. Declara que era el asesino de su marido. Que lo había reconocido. Que había esperado catorce meses para encontrarle. Las fechas de las condenas previas de Mumfre coinciden, aproximadamente, con las pausas en los ataques del Axeman. Pero no hay pruebas. Mumfre no puede hablar. Y Esther Albano nunca explicó del todo cómo llegó a esa certeza.
El caso fue archivado.
El Axeman de Nueva Orleans mató a al menos seis personas, hirió gravemente a otras tantas, le pidió jazz a toda una ciudad a cambio de no matarla, y desapareció sin dejar nombre ni cara ni respuesta.
Cien años después, el caso sigue abierto.
Y Nueva Orleans sigue tocando.
Temas extraídos del programa de esta semana:
Las Moonlight Murders de Texarkana: el fantasma que paralizó una ciudad entera
Primavera de 1946. Un hombre enmascarado ataca a parejas jóvenes en los caminos rurales de la frontera entre Texas y Arkansas. Ocho víctimas en diez semanas. Cinco muertos. La ciudad entera deja de salir de noche. Las armerías se vacían. Los Texas Rangers y el FBI intervienen sin resultado.
Lo llamaron el Fantasma de Texarkana. Nunca fue identificado. El caso sigue abierto casi ochenta años después.
Las Moonlight Murders de Texarkana: el fantasma que paralizó una ciudad entera
Hay ciudades que tienen la mala fortuna de quedar atrapadas para siempre en un instante de terror. Texarkana es una de ellas. Una ciudad partida por la mitad —literalmente— entre Texas y Arkansas, con una línea estatal que atraviesa su calle principal como si el propio país no se hubiera puesto de acuerdo consigo mismo. En la primavera de 1946, esa ciudad fronteriza y olvidada se convirtió en el escenario de una serie de ataques que dejaron a sus habitantes encerrados en casa, con las puertas atrancadas y los ojos clavados en la oscuridad.
Todo empezó el 22 de febrero de 1946. Jimmy Hollis y Mary Jeanne Larey estaban aparcados en una zona boscosa a las afueras cuando un hombre enmascarado se acercó al coche. Llevaba una bolsa de arpillera con agujeros recortados sobre la cabeza —detalle que lo haría inmortal— y una linterna que usó para cegarlos antes de atacarlos. Sobrevivieron. Pero los siguientes no tuvieron esa suerte.
El 24 de marzo cayeron Richard Griffin y Polly Ann Moore. El 14 de abril, Paul Martin y Betty Jo Booker. El 3 de mayo, Virgil Starks recibió dos disparos en la nuca mientras leía el periódico en el salón de su casa; su mujer, Katie, logró escapar malherida. Cinco semanas, cinco ataques, ocho víctimas. Seis muertos.
El patrón era claro y eso lo hacía todavía más aterrador: el Asesino del Antifaz —como lo bautizó la prensa— actuaba casi siempre en luna llena, de ahí el nombre que los periódicos anglosajones acabarían adoptando: The Moonlight Murders. Elegía parejas jóvenes en lugares apartados. Disparaba, golpeaba, desaparecía. No dejaba huellas útiles. No dejaba testigos fiables. No dejaba nada salvo el miedo.
El FBI se involucró. Los Rangers de Texas peinaron el condado. Los periódicos locales llenaron sus portadas durante semanas. Y la ciudad, sencillamente, se paralizó. Los cines vaciaron sus salas. Las parejas dejaron de salir por la noche. Las ferreterías agotaron sus cerrojos. La gente dormía con escopetas debajo de la cama. Texarkana, una ciudad de poco más de cuarenta mil habitantes, vivió durante meses bajo un estado de terror colectivo que pocas comunidades han experimentado con esa intensidad.
Y entonces… paró.
Sin detención. Sin confesión. Sin resolución. El Asesino del Antifaz sencillamente dejó de matar, como si hubiera cerrado la temporada. Las autoridades nunca acusaron formalmente a nadie, aunque hubo un sospechoso principal: Youell Swinney, un delincuente habitual cuya entonces esposa lo señaló como el autor. Nunca fue juzgado por los crímenes. Murió en 1994.
El caso permanece oficialmente abierto.
Lo que quedó de todo aquello fue algo más difuso y más duradero que un nombre en un expediente: la sensación de que el mal puede instalarse en cualquier lugar corriente, actuar con total impunidad y marcharse sin dar explicaciones. Texarkana sigue ahí, partida entre dos estados, con su calle principal y su vieja historia. Y el Fantasma —como también lo llamaron— sigue sin tener cara.
La Mujer de Isdal: la espía sin nombre que nadie reclamó
Bergen, Noruega, 29 de noviembre de 1970. Una familia encuentra un cuerpo carbonizado en un valle remoto. Sin etiquetas en la ropa. Sin huellas dactilares. Sin documentación. En su hotel: pelucas, seis pasaportes falsos y un diario en código que nadie ha descifrado en cincuenta y cinco años.
Hablaba al menos seis idiomas. Viajaba con identidades distintas. Pagaba siempre en efectivo. Nadie la reclamó. La policía cerró el caso como suicidio. Su nombre real sigue sin saberse.
La Mujer de Isdal: la espía sin nombre que nadie reclamó
Hay cadáveres que el mundo entierra y olvida. Y hay cadáveres que el mundo entierra… y no puede dejar de pensar en ellos. El de la Mujer de Isdal pertenece a la segunda categoría. Cincuenta y tantos años después, seguimos sin saber quién era. Y eso, en pleno siglo XXI, con bases de datos de ADN, reconocimiento facial y satélites que leen matrículas desde el espacio, dice mucho. Demasiado.
El 29 de noviembre de 1970, un padre que paseaba con sus hijas por el Valle de Isdalen, en Noruega, encontró un cuerpo entre las rocas. Una mujer. Tumbada boca arriba, rodeada de botellas de licor vacías y restos de ropa quemada. Tenía quemaduras por todo el cuerpo. Las etiquetas de su ropa habían sido arrancadas. Sus huellas dactilares, borradas deliberadamente. Murió por una combinación de barbitúricos y monóxido de carbono. ¿Suicidio? ¿Asesinato? La autopsia no lo dejó claro. La investigación, tampoco.
Lo que sí dejó claro es que aquella mujer no quería que la encontraran. O alguien no quería que la encontraran.
En las consignas del aeropuerto de Bergen aparecieron dos maletas suyas. Dentro: pelucas, varios pasaportes falsos de distintos países, ropa sin marcas, medicamentos sin receta visible y miles de coronas noruegas en efectivo. Había viajado por media Europa usando al menos ocho identidades distintas. Bélgica, Alemania, Francia, Suiza, Italia. Siempre pagando en efectivo. Siempre desapareciendo antes de que alguien pudiera hacerle demasiadas preguntas.
La policía noruega habló con decenas de personas que la habían visto. Los testigos coincidían en que era elegante, hablaba varios idiomas con fluidez —alemán, francés, inglés, quizás alguno más— y que tenía ese tipo de presencia que hace que te fijes en alguien sin saber muy bien por qué. También coincidían en otra cosa: parecía asustada. Vigilaba. Miraba por encima del hombro.
Nadie la reclamó. Ningún gobierno reconoció conocerla. Ninguna familia apareció. Ningún servicio de inteligencia levantó la mano. Y eso, precisamente eso, es lo más elocuente de todo el caso. Porque cuando una mujer con ocho identidades falsas muere en circunstancias sospechosas en plena Guerra Fría y absolutamente nadie dice nada… el silencio no es casualidad. El silencio es una respuesta.
En 2016, investigadores noruegos reabrieron el caso y realizaron nuevas pruebas de ADN. Lograron construir un perfil genético. Determinaron con bastante certeza que era de Europa Central, posiblemente de habla alemana. Pero el nombre, el nombre de verdad, sigue sin aparecer.
La Mujer de Isdal descansa en un cementerio de Bergen bajo una lápida que dice, literalmente, «mujer desconocida». No tiene nombre. No tiene historia oficial. Solo tiene preguntas.
Y la pregunta más inquietante de todas no es quién era.
Es quién sabe quién era… y lleva más de cincuenta años callando.
Pedro Alonso López: el monstruo que el mundo dejó escapar
Confesó haber violado y asesinado a más de trescientas niñas en Colombia, Ecuador y Perú. Llevó a la policía hasta cincuenta y tres cadáveres. Fue juzgado en Ecuador y condenado a la pena máxima: dieciséis años.
Salió en 1998 por buena conducta. Un psiquiatra lo declaró cuerdo y sin peligro para la sociedad. Lo pusieron en libertad.
Desde ese día, nadie sabe dónde está Pedro Alonso López. Interpol tiene una orden de arresto internacional activa contra él. Puede estar en cualquier lugar.
Pedro Alonso López: el monstruo que el mundo dejó escapar
Hay errores administrativos. Hay fallos del sistema. Y luego hay cosas que no tienen nombre decente, cosas que te dejan mirando el techo a las tres de la madrugada preguntándote cómo es posible que el mundo funcione así. Lo que ocurrió con Pedro Alonso López pertenece a esa última categoría.
Pedro Alonso López nació en Colombia en 1948. Séptimo de trece hijos de una prostituta. Con ocho años, su madre lo echó de casa por manosear a una de sus hermanas. Ocho años. Desde ahí, la calle. Y en la calle, lo que le ocurrió a continuación fue lo suficientemente brutal como para que cualquier psicólogo forense lo cite como manual de lo que no debería pasarle jamás a un niño. Fue acogido por una familia que lo abusó. Fue violado por un hombre que se ofreció a ayudarle. Creció convencido de que el mundo era un lugar donde los fuertes hacían lo que querían con los débiles.
Y decidió ser fuerte.
A finales de los años setenta, López operaba por Colombia, Perú y Ecuador. Tenía un método. Buscaba niñas en mercados, en ferias, en zonas rurales donde nadie llevaba demasiado la cuenta de quién faltaba. Se ganaba su confianza. Y luego las mataba. Muchas veces, al amanecer, para ver, según él mismo confesó después, «la luz de la vida apagarse en sus ojos con la primera luz del día». Eso lo dijo él. Con esas palabras.
En 1980 lo capturaron en Ecuador. Confesó más de trescientos asesinatos. Trescientos. Repartidos entre tres países. La mayoría de sus víctimas, niñas de entre ocho y doce años. La policía ecuatoriana le creyó cuando les llevó a las fosas y aparecieron los cuerpos. Más de cincuenta en una sola tarde. Lo llamaron el Monstruo de los Andes. Un nombre que, para lo que había hecho, se queda corto.
Ecuador lo condenó a dieciséis años. El máximo legal en aquel momento. Cumplió doce, con buena conducta. En 1994 lo deportaron a Colombia, que lo procesó brevemente y lo declaró… mentalmente incompetente. Lo ingresaron en un psiquiátrico. Y en 1998, un tribunal colombiano lo consideró recuperado y lo puso en libertad.
Lo soltaron. A él. En la calle. Sin supervisión conocida.
Desde entonces, nadie sabe con certeza dónde está. Interpol emitió una alerta en 2002 ante la sospecha de que podría estar relacionado con nuevos crímenes. Ecuador intentó localizarlo sin éxito. Algunos investigadores creen que murió. Otros no están tan seguros.
Trescientas familias, como mínimo, nunca tuvieron justicia real. Muchas ni siquiera tuvieron un cuerpo que enterrar. Y el hombre responsable de todo aquello salió por una puerta, dobló una esquina, y desapareció.
El sistema no falló. El sistema funcionó exactamente como estaba diseñado. Y eso es, quizás, lo más aterrador de todo.
Nada más que perder – Capítulo 18 – Audiolibro en Español – Voz real
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