
Brindemos es el editorial que les propongo esta semana. Pero brindemos con mesura, sin excesos, pues los excesos no nos sientan bien a todos por igual. Hay quien con un cuarto de vaso ya pierde los papeles y quien no los pierde con un litro o dos. En esto cada uno tiene sus límites.
#949 Brindemos
Prólogo al programa editorial #949 Brindemos.
En realidad en este editorial no voy a hablarles sólo de beber y brindar, porque el brindar muchas veces puede ser sin la copa en la mano, dicho y comunicado como un “brindemos por ello”.
Por tanto, además de contarles dos anécdotas relacionadas con celebraciones en dónde como tales se brinda, una más dramática que la otra, también les introduciré con un análisis de lo que hemos visto en nuestras experiencias personales de la vida, antes y después de las redes sociales.
Y es que no crean que eso que vemos en las redes sociales no sucedía antes, si que ocurría, pero claro, a menor escala. Ahora cualquier imbécil, gilipollas, tonto, idiota, y todos los calificativos que quiera añadir, se muestran en ellas orgullosos de su absoluta ignorancia.
Me da especialmente pena aquellos que desde su mediocridad, que digo mediocridad, son menos que eso, son pobres de espíritu y alguna cosa más, recurren al insulto y la descalificación sin fundamento alguno, sin argumentarlo.
Yo puedo entender a quien llama «hijo de puta” a alguien según la acepción que hace la RAE de la expresión que significa mala persona. Probablemente quien lo dice no conozca a la madre y puede que sea una santa; pero a nivel social, si dice de alguien que es mala persona puede incluso que simpatice ya que estamos rodeados de gente que no hace bien las cosas. Pero si dice “hijo de puta” queda claro que de simpatizarle nada.
Es decir. Mala persona cae bien, hijo de puta, que viene a significar, según la RAE, lo mismo, queda claro y evidente que no. Y eso es lo que ocurre con todo, se manipula, se tergiversa, se admite que alguien encargado de una gestión la haga mal y hasta que se meta la mano en el arca pública, y para añadir dramatismo, si alguien no piensa como tú, mejor insultarle que argumentarle sencillamente porque acudir al insulto no requiere argumentos ni inteligencia ni educación o vergüenza.
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